La campaña empieza antes de tiempo, mientras el país continúa atrapado en una conversación que ya no admite silencios: quién puede vivir dónde y cuánto cuesta hacerlo. Los partidos preparan discursos, recorren mercados y llenan las pantallas de promesas. Pero entonces el cielo cambia. Una sucesión de tormentas descarga sobre buena parte del territorio y convierte las carreteras en largas filas inmóviles. Algunos trenes quedan detenidos durante horas, varias líneas suspenden el servicio y numerosas escuelas cierran por precaución. El agua entra en comercios, garajes y viviendas de las plantas bajas. En una avenida aparece de repente una enorme grieta: el suelo cede y un automóvil queda atrapado junto al borde del socavón.
Octubre llega con una luz distinta. Las tardes se encogen, el aire pierde la pesadez del verano y por fin hace falta una chaqueta al salir. En las casas, la gente vuelve a buscar calor en las pequeñas cosas. Una olla empieza a hervir lentamente sobre el fuego y llena la cocina de olor a legumbres, verduras y especias. En el horno se dora una fuente que devuelve a las habitaciones una sensación de refugio. Afuera, la ciudad permanece húmeda, con calles levantadas, estaciones vacías y escaparates que reflejan un cielo gris. La televisión continúa hablando de elecciones, encuestas y candidatos, pero en muchas casas se escucha menos. La gente cena alrededor de una mesa, comenta el precio del alquiler y mira la lluvia contra los cristales. Nadie sabe qué resultado espera al país. Por primera vez en mucho tiempo, todos parecen esperar simplemente que escampe.


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